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La Historia

                   BREVE HISTORIA DE LA COMUNIDAD MISIÓlibroN‑JUVENTUD

 

PREHISTORIA: (de algo más que de una comunidad cristiana)

 Corría la Semana Santa de 1945 en el ambiente nacionalista de postguerra civil en España. La segunda guerra mundial apunta a su fin. El ya entonces conocido jesuita Padre Llanos dirige uno de sus tantos ejercicios espirituales a un grupo de jóvenes que se preparan para ingresar en las Academias militares.

 Sorprende que en el ambiente de nacional‑catolicismo propio de la época, surgiera entre los jóvenes mandos del Ejército de Franco un germen que daba cauce a su idealismo juvenil con una fuerte dosis de pensamiento critico. No es casual que un joven capitán sea el artífice y alma de esos grupos: Luis Pinilla Soliveres.

 Seis años después, la Semana Santa de 1951 en el castillo de Coca, el P. Llanos ya solo acude para certificar la división de los grupos de "Forja", para tomar cada uno sus opciones. Unos pocos continuarán, desde su fe cristiana, con los ideales aprendidos y con una fuerte carga humanista y social. Otros, derivarán hacia implicaciones políticas como las de colaborar al cambio democrático de la sociedad española, contra el ambiente entonces dominante y en especial entre los militares.

 Así se empezó a escribir una página importante de la reciente historia de España y de su transición de la autarquía a la democracia, sobre todo en lo referente al papel jugado por una de sus instituciones clave como son las Fuerzas Armadas. Queda para artículos y libros ya escritos y para la investigación de los historiadores, este capítulo que solo en una parte continuó de la siguiente manera.

 Luis Pinilla, (que cuando en 1982 la transición a la democracia en España se consolidó, siendo entonces General de División, renunció a ascender a grado superior por todo lo que sigue), mantuvo hasta el final de sus días la vocación oída en aquellos primeros Ejercicios: "amar a Cristo que tanto amó, sirviendo a los jóvenes en su caminar hacia Dios".

En torno a él siguieron durante un tiempo unos pocos dentro del mundo castrense su compromiso con la motivación de la fe cristiana. Hasta que en 1962, y con la resistencia de otros que también lo dejan, se clausura esta etapa vivida dentro del mundo militar con todas sus luces y sus sombras, con la aprobación como asociación religiosa por el Arzobispo de Zaragoza.


 TODAVÍA PREHISTORIA (pero ahora sí de la Comunidad Misión‑Juventud)

 Muchos han quedado en el camino. Es posible que más de uno que lea este escrito tope con parte de su vida pasada. Como tantos otros que en otros campos y formas asociativas aspiraron en aquellos años por un mundo mejor.

 Para el creyente nada de todo eso queda en vano. Eran años en todos los aspectos de "cambios profundos y acelerados" como reconoció el Concilio Vaticano II congregado por entonces (1962‑65).

 ¡Bendito Concilio Vaticano II y benditos Juan XXIII y tantos hombres de espíritu que, a costa de su entrega y sufrimiento, lo hicieron posible!. Hoy poderosos sectores de Iglesia no suscriben esta bendición, pero otros no podemos dejar de hacerla con sencillez por haber podido llegar a donde hemos llegado.

 Piénsese en tantos aspectos que, en los años del Concilio, definieron la identidad de la Comunidad Misión‑Juventud, como tantas otras comunidades, grupos de laicos, congregaciones religiosas y parroquias, podrían decir de sí mismas.

 Fruto de esa fuerza del Espíritu manifestada en unos pocos de esos creyentes, hombres y mujeres, casados y célibes, jóvenes y mayores, sacerdotes y seglares, fueron las primeras Constituciones aprobadas en Asamblea General en Julio de 1972.

 Piénsese también en la enorme fuerza de renovación que significó que la Iglesia se abriera al mundo moderno. Ciertamente en un momento de optimismo histórico que nos parece ya muy lejano, los creyentes sacaron sus consecuencias prácticas desde la fe cristiana.

 La llamada universal a la santidad y al compromiso en el mundo abrió las puertas a los laicos, a la participación de todo bautizado en la misión de la Iglesia. El movimiento comunitario que recoge esas energías se hace imparable. El acercamiento del mensaje evangélico al hombre y mujer concretos, especialmente a los jóvenes y con el desplazamiento hacia los más pobres...

 Tantos aspectos de un movimiento renovador que se puso en marcha y en cuyo dinamismo se inserta la historia de la Comunidad Misión-Juventud, como una más de las comunidades eclesiales que obtuvieron el reconocimiento de Paulo VI en la encíclica sobre "La evangelización del mundo contemporáneo" (8/12/1975).

 YA BREVE HISTORIA

 Breve porque es imposible recoger en pocas líneas lo que ha sido entrega diaria de la vida de unas personas desde el verano de 1974, que consideramos el momento fundacional de esta Comunidad, cuando en su segunda Asamblea General tomó el actual nombre de Misión‑Juventud.

 Queda entonces claro para el núcleo de 6 personas consagradas que procedían de la época anterior, entre ellas dos sacerdotes ya entonces ordenados, y para el grupo de matrimonios y jóvenes de Madrid y de Zaragoza que se incorporan, que se quiere:

 "hacer un mundo más según Dios"

  •   y "comunicar la fe en Jesús de Nazaret"
  • como "comunidad seglar" es decir sin apartarse de la vida de los demás hombres,
  • empeñados en la formación de auténticos "hombres y mujeres jóvenes nuevos",
  • "actuando sobre los problemas reales de la juventud",
  • y favoreciendo especialmente entre los laicos la "consagración a Dios".

 

Esas afirmaciones de la propia identidad han sido reformuladas y ampliadas sucesivamente en estos 30 años, desde la vida de las personas que se han ido integrando en la Comunidad. En este momento con núcleos en Zaragoza, Madrid y Sevilla, erigida como Asociación Pública de Fieles en esas tres diócesis, y con las Constituciones actualizadas desde 1988.

 La historia viva es la que escriben cada día las personas con su quehacer diario. Es historia de salvación si la aportación de las energías propias colaboran a la construcción de las personas y del bien común. El creyente, que para eso no cuenta con recursos diferentes que los demás, acude al alimento que es su fe en Jesucristo como único Señor.

 La Comunidad cristiana es el encuentro de esos creyentes que buscan en común ser dóciles a la voluntad de Dios.

 Así, lo que la Comunidad Misión‑Juventud hace no es tanto "obras" (que son solamente medios) cuanto dar testimonio, en medio de la cotidianidad, que es posible una vida diferente. Y especialmente entre la juventud que en este comienzo de siglo vive en mayor desconcierto.

 Por eso es tan importante el modelo de referencia que sea para los jóvenes una familia no consumista, un educador entusiasta, un cargo honrado, una madre de familia que no se encierra en su rol, un trabajador competente, un joven esperanzado, un enfermo alegre,...

 La entrega de las personas de la Comunidad ha creado numerosas iniciativas, pero todas ellas no tendrían sentido sin lo dicho.

 Así, las asociaciones juveniles y actividades que en los barrios de grandes ciudades cumplen la labor preventiva y dan oportunidad a los jóvenes de salir de la miseria, de la incultura, del fracaso vital...

La hermosa tarea educativa que va más allá de lo que puede ofrecer la enseñanza reglada, que se va haciendo al hilo de las necesidades reales de los jóvenes: talleres, escuelas de animación o de voluntariado, cursos y grupos de formación y crecimiento...

Y en último término la evangelización explícita para aquellos jóvenes que lo piden, a través de los cauces eclesiales como la pastoral de jóvenes organizada en las Diócesis.

 Además de en sus Constituciones, Misión Juventud tiene expresado su pensamiento en documentos como el Credo y el Proyecto educativo.

 Hoy, unas 60 personas de diversas edades, de diverso estado de vida y condición social, de los tres núcleos que se ha hablado, y sin apartarse de las condiciones normales de vida de los que les rodean, pero convocados al seguimiento de Jesús para transformar lo que a ellos mismos les alienta de lo mejor de su ser personas e hijos de Dios, intentan así ser testigos del Reino.

Y especialmente entre los jóvenes más necesitados, desde una Iglesia que (como dicen en el Credo al definir su lugar en la Iglesia) sea pobre y humilde, al servicio de los pobres, solidaria, comunitaria y ministerial, que ora y celebra, para ser misionera.

 En ellos, como en tantos hombres de buena voluntad, se ve el valor de una historia que continúa y se sostiene entre el quehacer humano y el misterio actuante del Dios vivo.