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II 3. El Consumo

La sociedad de consumo

Consumir es una consecuencia propia de la vida económica. El hombre necesita consumir para satisfacer sus necesidades. Dios ha puesto los bienes de la Tierra para que sean usados racionalmente por el hombre.

Pero cuando hoy hablamos, en el lenguaje común, de sociedad de consumo, no nos estamos refiriendo a lo positivo del consumo —lo necesario y conveniente para el hombre—, sino a una sociedad que, por particulares intereses económicos, crea falsas necesidades, llegando a producir y a hacer consumir muchas cosas superfluas y hasta dañinas.

Efectos del consumismo

 

El consumo, así vivido, es una espiral que crea cada vez más "necesi­dades" que alienan y esclavizan al hombre. Al evitarle pensar y discernir por sí mismo lo necesario de lo superfluo, engaña su ansia de ser con un afán de tener. Y no sólo atenta contra la persona, sino también contra el equilibrio de la Naturaleza.

El afán de consumir impregna nuestras relaciones y comportamientos (se consume Naturaleza, no se disfruta de ella; se consume música, tiem­po, arte, etc.). Impide así descubrir la verdad de la vida, su auténtico sen­tido. Mediante la publicidad se hace creer al hombre que la felicidad está en consumir.

El consumismo agudiza la desigualdad, de manera que llega a ser el signo externo de un falso triunfo social que, a la larga, sólo aumenta la insatisfacción y la frustración. Así, querer tener más de lo necesario es una forma de orgullo para quien puede, y de envidia y sentimiento de inferioridad para quien no puede. Finalmente, un consumismo dirigido, casi exclusivamente, a satisfacer los sentidos, proponiendo un ideal de vida hedonista, además de ser insaciable, termina por atrofiar en el hombre la capacidad crítica, tanto para el crecimiento personal, como para el cambio social.

La calidad de vida.

El hombre es una vocación o llamada a SER. El hombre busca ser feliz; la felicidad es el gran anhelo humano. El hombre necesita cons­truirse como persona.

El tener, no es más que un medio para ese fin; y cuando se le con­vierte en un absoluto, llega a ser el principal impedimento para la feli­cidad y la construcción como persona.Condicionados como estamos por un consumo ilimitado, propug­namos, en el orden social, un cambio de las estructuras de producción, orientadas actualmente a las ganancias y la expansión, para que pasen a orientarse a un consumo sano que responda a las verdaderas necesi­dades de la persona y de todos los hombres.

Esta alternativa a la sociedad de consumo precisa de una forma de vivir que esté basada en la calidad de vida, es decir, un nuevo modo de vivir en el que se valore:

      La originalidad de cada persona, frente a la uniformidad y la masi­ficación.

       El espíritu contemplativo, frente a la prisa, la eficacia, el activismo, el ruido.

       El gusto de ser persona y la alegría de vivir, frente a las alienaciones psicológicas y sociales que el consumismo produce.

      El aprecio por los valores humanos de la generosidad, acogida y amistad, frente a otras valoraciones económicas y materiales que destruyen la relación humana.

      La creatividad, frente a la vulgaridad, la mediocridad, la mono­tonía y la pasividad consumiste.

 

El proceso de liberación

Somos conscientes de que incorporarnos a una vida de más calidad, no depende de unas normas o de unas fórmulas prefijadas, sino que su­pone en el hombre, y en este momento histórico, el riesgo de su propia libertad. Es por eso, y ante todo, un proceso de liberación. El hombre no es algo acabado e inmóvil: está continuamente en camino de construir su propia existencia... o de no hacerlo.

Un proceso que pasaría por:

1.    Amar lo de cada día.

2.       Alegría de vivir.

3.    Gestos de compartir.

 1.    Amar lo de cada día

Este proceso de liberación frente al consumismo empieza por la re­lación que establecemos con las cosas y los bienes materiales en el vivir de cada día. La vida cotidiana, con sus ritos en el uso de lo material, ha sido hecha por Dios para permitirnos el crecimiento del espíritu y para establecer a través de la materia, unas relaciones verdaderamente hu­manas.

Si compramos un lavavajillas, que no sea para abandonar uno de esos momentos buenos de cooperación familiar; si compramos alimentos precocinados, que no sea a costa de anular la creatividad en la cocina o el encuentro en la mesa; si compramos un coche, que no sea motivo para no ir nunca a pie... porque si no, perderíamos la naturalidad, la originalidad. Las personas no nos necesitaríamos unas a otras. Se per­dería incluso la capacidad de discernir entre lo superfluo y lo necesario. En definitiva, no daríamos lugar a la contemplación y al amor, enga­ñados y ahogados por el pequeño mundo de nuestras posesiones.

 2.    Alegría de vivir

Todo esto nos lleva a la austeridad, entendida como resistencia al consumo, que favorece el gusto de ser persona y la alegría de vivir, cuando somos capaces de dar un sentido al uso de las cosas de cada día.

A la austeridad, que da alegría de vivir, no se llega sin esfuerzo per­sonal, que entendemos como una vivencia activa (siendo más críticos a la hora de comprar, en el uso del tiempo y de las cosas, gastando sólo lo necesario para un estilo de vida digno de la persona...). En ocasiones se sentirá este esfuerzo como imposición, por un mal funcionamiento de la voluntad. Se cae entonces en la tentación del perfeccionismo, el cumpli­miento de la norma, la rigidez consigo mismo y con los demás en el em­pleo de los bienes.

Cuando en nosotros se da esta austeridad voluntarista, tenemos experiencia de vivir en tensión, pendientes de lo anecdótico, excesiva­mente críticos ante el consumismo de los demás.

En cambio, llegar a usar los bienes desde el SER de cada uno, nos hace descubrir el sentido último de las cosas creadas, para compartirlas. Sólo compartir de corazón lo propio, nos irá acercando al hombre am­plio de espíritu, alegre, que genera vida.

3. Gestos de compartir

Los bienes de la Naturaleza y los productos del trabajo humano deben estar destinados a cubrir las necesidades de todos los hombres.

Quien ya de verdad vive esta afirmación es que ha alcanzado un alto grado de libertad, y está dispuesto a compartir lo suyo, porque en ello encuentra satisfacción y plenitud.

Es por eso por lo que en la Comunidad Misión-juventud creemos en la validez de los gestos concretos de compartir:

      Huir de la acumulación de bienes, del lujo, del ahorro por sí mis­mo, desprendiéndonos de lo superfluo-e incluso en ocasiones compartiendo de lo que necesitamos.

      Hacer de nuestras casas un hogar abierto, donde se dé una acogida sencilla a todo el que se acerque, y en particular a los jóvenes.

      No responder necesariamente a las expectativas del propio me­dio; no justificar nuestra injusticia con la injusticia de nuestro am­biente, sino amar la pobreza por amor a los que no pueden.

      Trabajar para ganar lo necesario, y no, por exigencias del consumo, entrar en el juego de las horas extras, pluriempleo...En suma, establecer un tipo de relación entre nosotros, en cuanto al compartir bienes, que puede ser experimentación e imagen de otras relaciones económicas posibles.Es ésta una dimensión actualmente definitoria de la Comunidad cris­tiana en la actual sociedad de consumo: la de ser creadora de una so­ciedad mejor, con una mayor calidad de vida.